En esto de roscamente andar comparando los lugares donde tocamos con algunos sitios del Ecuador, llegamos a Interlaken y decidimos que es el Baños de Suiza: decorado de lagos y entorno de montañas nevadas; deportes de aventura y lluvia menuda a cualquier momento del día. Sí, en Baños no hay precisamente lagos ni nieve, pero por ahí va la cosa.
Existe aquí un hostal legendario por, en su momento, haber reunido en sus predios varias atracciones para el deleite máximo de los mochileros de presupuesto limitado y ánimos desaforados: una plantación de marihuana bio; una piscina con pared de escalada; una carpa de expendio de cerveza Guinnes; un baño-discoteca con luces negras y la mayor variedad multicultural de seres dispuestos para la lujuria y la promiscuidad. Yo pasé aquí 16 días con mi amigo el Chuwaca, allá en 2001, en medio de un viaje que se alargó justamente aquí luego de alterar el plan original de quedarnos tres noches. Las razones para explicar la extensión de la estadía, por supuesto que sobran.
Por todo esto, volver a este sitio, donde existe una pequeña discoteca, The Cavern, donde en 2001 vi una buena banda jamaiquina de reggae, pero esta vez para que sea la Rocola la que toque, me llenó de un entusiasmo particular.
Tras arribar sobre la hora, como casi siempre, armamos el equipo y probamos sonido en tiempo record. A las 10h30 se abrían las puertas al público y el concierto, en su primera tanda, debía arrancar a las 12h30. Y así fue, o casi, salvo unos minutos de retraso.
El lugar estaba lleno y en la primera fila destacaba, al centro, una delantera de cuatro francesas en estado de éxtasis prematuro que parecía anticipar una gran noche. A los costados, grupitos de gabachos con cerveza fría en mano vociferando cánticos de show.
A la segunda canción las francesas se taparon los oídos para evitar el silbido de los brasses y a la tercera se marcharon. Nadie sabe porqué. Los gringos mantuvieron el entusiasmo y empezaron a agitar sus brazos en el aire haciendo de vez en cuando salpicar la cerveza. Desde atrás, cada tanto aparecía mi broder Dumet, a quien importamos desde Basel para que nos acompañara en este concierto y nos proveyera de cerveza, vodka e ínfulas festivas mientras sonábamos en la tarima
La primera parte transcurrió sin sobresaltos pero tampoco con mayores picos, pero tras el descanso la tanda final arremetió con ñeque y hasta los más cautelosos de entre el público tomaron posiciones en el hueco que dejaron las francesas. Uno de los gringos quiso subir al escenario para tocar las percusiones y otro para tocarle al Mono, pero el equipo de seguridad hizo su trabajo a tiempo y evitó desgracias mayores. Entre ese público ganado se meneaba una rubia sonriente a la que los más sagaces de la banda bautizaron Germanuelle para intentar que se me hagan agua los helados, pero no lo lograron. Nunca concordé con el parecido provocado
El Funny Farm ya no es el mismo. En Suiza se prohibió el expendio semilibre de marihuanna y la crisis financiera de este año redujo el índice de viajeros. Ya no existe la pared de escalada en la piscina (existe una rampa como para skate, pero cuyo uso no me explico), la carpa Guinnes ya no está levantada y en el baño ya no se comete adulterio bajo el girar de la disco ball, tal como pasaba en aquel grandioso verano de 2001.
Reportó Z. Rosero, con saudade.
fotos, Alejandro Dumet, gracias loco!!
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los tiempos no son los mismos… nos estamos haciendo mayores?
han pasado de mas …. como siempre el galan del mono.,,,,